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Nos despedimos del Dr. Jorge Pronsato

Fecha de publicación: 01/12/2015
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Ayer fue el último día de su ejercicio profesional en el Servicio de Pediatría y Neonatología.

Reconocido pediatra, autor de dos libros sobre niñez,  defensor del parto humanizado y querido por sus compañeros, el Dr. Jorge Pronsato nos recibió en su consultorio después de haber atendido a su último paciente. Ayer se despidió del Sanatorio y de su actividad profesional para gozar de un merecido retiro, luego de años de servicio y entrega. Antes de irse, le hicimos esta nota:
 
¿Qué lo llevó a elegir esta profesión?
 
La elección de ser médico la tomé cuando iba a la escuela secundaria, eso lo tenía absolutamente seguro. Y en ese sentido había dos tíos que eran médicos y que a la distancia influyeron categóricamente en mi elección.
En cuanto a pediatría, el primer día de trabajos de prácticas de la carrera, en el último año, nuestro profesor nos llevó a una sala del viejo Hospital de Niños. Era una sala de internado de nenas, todas chiquitas en su camita, y en el instante en que yo traspuse la puerta y vi esa escena, dije: “Yo me voy a dedicar a esto”. Fue clarísimo, ahí dije: “Esto es lo mío”.
 
 
¿Cómo llegó al Sanatorio?

 
Una vez recibido, obtuve una beca que me llevó al exterior, y cuando regresé comencé a trabajar en la actividad pública y en la actividad privada. Trabajé en la Maternidad Provincial y luego en el Hospital Misericordia donde llegué a ser Jefe de Servicio. Y fue en la Maternidad Provincial donde era compañero del Dr. Cesar Vigo, y fuimos compañeros de trabajo y mucho más que eso: fuimos amigos. Cuando él empezó a vislumbrar la posibilidad de hacer el Sanatorio, empezamos a trabajar juntos. Era un gran amigo, un gran hombre, un hombre extraordinario, estudioso, correctísimo, y convinimos que yo trabajaría acá.
Cuando empezamos en la calle Rondeau, había que saltar escombros para llegar a los consultorios, no había secretarias, era todo un esfuerzo, y yo le pedí a mi esposa que fuera secretaria de Cesar y mía. Así empezamos, desde abajo.
 
 
¿Algún recuerdo o anécdota que lo haya marcado en su profesión?
 
Después de haber trabajado más de 10 o 12 años en la especialidad, y confirmando mi primera impresión de cuando era estudiante y entré en la sala, empecé a encontrar muchísimas satisfacciones todo el tiempo a partir de cuando mis propios pacientes se convirtieron en padres.  He estado presente en cada etapa de sus vidas. Ir caminando por la calle y que un hombre inmenso me salude y me diga: “doctor, usted fue mi pediatra” es una gran satisfacción.
Y otro muy emotivo recuerdo es cuando el Dr. Miguel Oliver, quien fuera mi pediatra, me presentó en la Sociedad de Pediatría para hacer mi primera conferencia. 
Haber sido Miembro Honorario de la Sociedad Argentina de Pediatría, o haber recibido un premio de la Legislatura de Córdoba, son también grandes satisfacciones.
 
 
¿Qué mensaje le dejaría a los médicos del Sanatorio?
 
A ellos les diría que tienen que hacer tres cosas: Primero estudiar, segundo estudiar, y tercero estudiar.
Y aparte tengo otra recomendación: que lean otras cosas que no sean de medicina. Que lean novelas, ensayos, poesía, y que se involucren con el arte. Cuando uno lee obras de esa envergadura, tiene una actitud médica totalmente diferente a la que tendría si no hubiera leído.
El médico no tiene que ser un técnico, tiene que ser médico. Debe tener sensibilidad social trascendental. Tiene que saber de la miseria, de la pobreza, de las dificultades que tiene la gente en su vida cotidiana.
Siempre digo que nosotros no tenemos un paciente, tenemos varios pacientes, tenemos toda la familia del paciente. Cuando yo veo un niño tengo que estar pensando que pasa con los papás, con los abuelos, con los hermanitos. Si tengo que tener una visión general del asunto, no puedo circunscribirme solamente al niño y mucho menos a un órgano del paciente. No tiene enfermo el hígado, sino que es un niño que está enfermo del hígado. Ese perfil de la persona me parece importantísimo, el respeto por la persona.
Y una cosa más que agregaría es que los médicos no tenemos que ser esclavos de la tecnología, tenemos que ser esclavos del respeto, y de considerar al otro en su dignidad personal. Puede ser un rey, puede ser un mendigo, pero cada uno tiene su dignidad humana y todos merecemos respeto.
 
 
¿Qué se lleva de estos años en el Sanatorio?
 
Me llevo colegas, que son más que colegas, son mis amigos. Me llevo pacientes, y principalmente, un gran agradecimiento a todos, a las secretarias, a las chicas de la Central de Turnos que con paciencia han aceptado mis caprichos, mis recomendaciones, a veces, poco flexibles. No hay una sola persona con la que yo no piense que haya sido un placer trabajar.
Y  finalmente, como me dijo un profesor de pediatría, ahora sí que voy a poder estudiar. Me voy a jubilar y voy a seguir estudiando, porque estudiar es algo que realmente disfruto.